El alma de un lugar está en el café de la esquina, en las callejuelas del pueblo, en las tardes de verano. Ibiza no es una excepción.
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La isla de Ibiza está integrada por cinco municipios: Eivissa, que es la capital, Santa Eulària des Riu, Sant Antoni de Portmany, Sant Josep de sa Talaia y Sant Joan de Labritja. Cada uno de ellos ofrece al visitante posibilidades distintas y complementarias a la vez. Según los últimos datos del padrón de 2007, la población de la isla supera las 117.000 personas, aunque el número de residentes aumenta de forma considerable durante los meses de verano.
En el municipio de Eivissa se ubica la capital, con su recinto amurallado, declarado Patrimonio de la Humanidad y repleto de callejuelas y monumentos, como el Castillo o la Catedral. La ciudad reúne también las principales instituciones de la isla y ofrece numerosos servicios a viajeros y residentes, como hospitales, puertos deportivos o zonas comerciales. El Barrio de La Marina, el Paseo de Vara de Rey o la Plaza de Vila son algunos de los centros neurálgicos de la ciudad, llena de vida. Asimismo, Eivissa cuenta con interesantes museos, como el Arqueológico o el de Arte Contemporáneo, e importantes enclaves históricos. Entre ellos, la necrópolis de Puig des Molins o los antiguos sistemas de regadío conocidos como 'Portals de Feixa'. Varias playas, como Talamanca, Figueretes o Platja d'en Bossa, salpican su litoral y en ellas pueden practicarse toda clase de deportes náuticos.

Sin el placer que la gastronomía de Ibiza puede proporcionar al sentido del gusto, no puede concebirse la práctica de un turismo hedonista. Muchos de los restaurantes poseen un valor añadido que los hace mucho más atractivos que los de cualquier otro entorno turístico: su ubicación. Existen muy pocos lugares en el mundo que estén repletos de restaurantes deliciosos, en los que se puede comer con los pies descalzos sobre la arena, a la sombra de una muralla renacentista o en una romántica y escondida granja en mitad del campo.
Los ibicencos, además, sienten una auténtica devoción por los productos frescos y naturales. Antaño era imposible ver una casa de campo que no se autoabasteciera con su propia huerta, sus árboles frutales y su granja de animales. De hecho, todavía existen muchos hogares que mantienen esta tradición, puesto que la mayor afición de los pitiusos es disfrutar de la comida.
El mar, además, proporciona un surtido fabuloso de pescados y mariscos, que se pueden degustar nada más salir del mar y con pocos aditivos. Los bosques también ofrecen sorpresas inesperadas, como los deliciosos rovellones que proliferan a la sombra de los pinos o los espárragos verdes que crecen anárquicamente en los márgenes de los senderos.
Esta despensa surtida y exquisita, que oscila al compás de las estaciones y las lunas, ha originado una sabiduría culinaria que se ha ido transmitiendo de generación en generación y que llega aderezada de las distintas culturas que se han asentado en la isla en el transcurso de su existencia. El recetario ibicenco es rico en arroces, platos con ave o cordero, guisos, pescados horneados, repostería…
Cada vez son más las familias que se aventuran a convertir en negocio lo que hasta entonces era una afición o una fórmula de apego a la vida tradicional. En Ibiza se elaboran hoy en día numerosos productos gastronómicos que fusionan la tradición con los procesos modernos de elaboración. Aceites de oliva virgen extra, vinos blancos y tintos, licor de hierbas, quesos, embutidos, mermeladas, miel… Productos que, en definitiva, envasan sabiduría, tradición y un profundo respeto por la obra de la naturaleza.

La naturaleza ibicenca constituye, sin duda, el atractivo más importante de la isla. Con una extensión de 572 kilómetros cuadrados, la isla ofrece 210 kilómetros de playas que se pueden disfrutar en cualquier época, gracias a temperaturas muy cálidas y 2.948 horas de sol al año.
A lo largo de sus más de 18 kilómetros de arenas naturales, bañadas por aguas cristalinas, Ibiza ofrece múltiples posibilidades de disfrutar de un baño en el mar, en playas que cuentan con una amplia gama de servicios y diferentes ambientes. Hay calas mágicas, como Cala d'Hort, presidida por el islote de es Vedrà; otras de belleza singular, como las Platges de Comte, rincones poco poco frecuentados, como es Pou des Lleó y playas grandes y familiares, como Platja d'en Bossa o Es Figueral. Las playas de Ses Salinas y Es Cavallet se encuentran en entornos naturales protegidos, con un sistema de dunas de gran valor ecológico.
Las playas de la isla destacan por su singular belleza y por sus aguas de color turquesa y su transparencia, que se debe a la Posidonia Oceánica, reconocida por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.
A su valor ecológico y medioambiental, unen el aliciente de que en sus inmediaciones podrá encontrar restos de civilizaciones pasadas, como en el caso del Poblado fenicio de Sa Caleta y antiguas torres de defensa que salpican todo el litoral. Además, en la mayoría de las playas existe la posibilidad de practicar todo tipo de deportes náuticos.

La isla se ha especializado en el deporte de aventura y también en actividades mucho más suaves, que permiten disfrutar con mayor intensidad el paisaje pitiuso. Los recursos deportivos y culturales existentes ofrecen posibilidades tan atractivas como descubrir los fondos submarinos con la ayuda de profesionales altamente cualificados, recorrer las áreas naturales a caballo, disfrutar de paseos organizados bajo la luna llena, observar los acantilados desde el mar a bordo de un kayac o un velero, participar en rutas de mountain bike o hallar las calas más recónditas y solitarias practicando senderismo, entre otras alternativas.

La naturaleza ibicenca constituye, sin duda, el atractivo más importante de la isla. Las calas de aguas turquesas, los bosques de pinos que proporcionan un manto verde constante a lo largo de todo el año, los islotes que rompen la monotonía del horizonte y se alzan como colosos, los parques naturales de ses Salines y Cala d'Hort, los acantilados y bosques de es Amunts y los senderos que recorren campos sembrados de trigo, vides y frutales son poderosos alicientes para disfrutar la estancia en Ibiza. Entornos naturales que, además, constituyen un escenario muy atractivo en el que realizar todo tipo de actividades al aire libre.
Ibiza mantiene virgen la mayor parte de su territorio y atesora, además de un legado monumental de excepción, un valioso patrimonio botánico y animal en el que no habitan especies agresivas ni peligrosas. Hay olivos milenarios, sabinas espectaculares, pinos gigantescos, flores de mil colores, arbustos aromáticos, halcones, liebres, podencos, lagartijas verdes y azuladas, bandadas de perdices, etc. Belleza en estado puro.
El ibicenco está acostumbrado a vivir en el campo y a acostarse con el sonido de la naturaleza. La tranquilidad más absoluta predomina en la mayor parte del territorio, que puede percibirse en solitario incluso en los meses de verano, cuando las ciudades y los entornos vacacionales viven el apogeo de su actividad.
La Ibiza tranquila y natural no requiere reloj. El tic tac lo marca la naturaleza, que ofrece oportunidades a cada rincón para refugiarse en la soledad de uno mismo o para compartir su radiante esplendor. Su geografía, ondulada y caprichosa, permite redescubrir el paisaje una y otra vez, y no se repite. Siempre surgen nuevos detalles, sensaciones, sentimientos, ritmos estacionales...
En el interior de Ibiza aguardan muchos rincones con gran encanto: pequeños pueblos rurales, campos de almendros, olivos, algarrobos delimitados por paredes de piedra antigua, además de numerosas muestras de la peculiar arquitectura de las islas. Un paseo a pie o en bici pueden ser una buena forma de disfrutar del paisaje.
Sorprenden las preciosas puestas de sol en el horizonte y el magnetismo de los islotes que rodean la isla. En especial, es Vedrà, en el municipio de Sant Josep. Además, unos de los grandes tesorios de la isla son sus fondos marinos y las praderas de Posidonia oceánicas, que garantizan la limpieza y transparencia de las aguas. Por este motivo fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999.